Reíste, y el mundo se me tambaleó de repente.
¿Había sonido más perfecto? ¿Sinfonía más espectacular?
El canto de los ángeles, simples blasfemias.
Tú risa superaba eso y más. Tus ojos me abrieron las puertas a un paraíso totalmente desconocido, y me invitaron a hospedarme en ese corazón tuyo tan grande y sereno.
Por momentos, deseé embotellar mi felicidad. Solo por si acaso, y embotellarte a ti también, para no perderte nunca. Me entran ganas de mirar a los ojos al futuro, fijamente, y ordenarle que te haga permanecer en él por el resto de mi vida.
Por que la memoria se me gasta pensándote, y la garganta se me seca cuando le grito tú nombre a la luna, para grabarte en ella y al observarla, verte a ti. Por que tú le has robado el brillo a las estrellas, el perfume a las flores, y la belleza se tatúa en ti con demasiada facilidad. También a Cupido le has robado las flechas, y con una puntería digna de admirar, las clavaste en mi corazón.
Tus labios presionan los míos y el mundo se borra del pizarrón de mi mente, para dibujarte a ti con trazos definidos y estratégicos, hermosos. Cuando me abrazas, siento que podría permanecer así para siempre, refugiándote de todos. Mi amor es tan grande que es casi tangible, y hay del que se atreva a intentar acabar con él.
Por que es imposible, estúpido, infantil. Por que nada puede contra nosotros. Por qué si tú me dices que salte, yo te pregunto cuan alto. En tus manos me tienes, y a mi me importa un bledo. Por qué son esas las que me cobijan de mis miedos. Yo te amo, y si eso es un crimen…
…Aceptaré mi cadena perpetua.
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