lunes, 25 de abril de 2011

Los rayos del astro rey resplandecían, en un amanecer tan exquisito como los abrazos en espiral, o las sonrisas torcidas. Era un poco como las nubes que se sostenían al cielo con trenzas de zapatos, o un pastel que sabes que no debes comerte, pero igual lo haces. Exquisito.

Ella se cosía al paisaje con natural talento. Era como la pieza que completaba un cuadro perfecto. El viento le ondeaba los cabellos caoba, y la luz solar solo podía alimentar su belleza.

Él, la miraba a ella. Con interrogantes flotando en su mente, preguntándose como es que podía amar tanto un corazón tan pequeño.

- ¿Dónde acaba el mar? – preguntó la chica, ladeando el rostro hacia él. Clavó su penetrante mirada gris en la suya, sonriéndole con los ojos y mirándolo con la boca, escuchándolo con la piel y sintiéndolo en todos sus sentidos, a cada momento. Sintiéndolo con el pensamiento. Besándole con el alma, abrazándole con el cálido néctar de su amor.

- Allí donde acabas tú. El problema es que a mis ojos, eres infinita. – Contestó él, acercándose unos pasos. Le acarició el dorso de la mano, sonriéndole a medias.

Ella también sonrió, perdiéndose en el sol y las olas del mar. Con él.

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