lunes, 25 de abril de 2011

Jueves, 11 de marzo de 2004. España.

Le miró, como esperando encontrar en sus pupilas alguna señal. Él tenía el rostro pegado al cristal, y parecía tan absorto en sus pensamientos que resultaba hermoso.


Bostezó hacia su reflejo, y a ella se le encogió el corazón. Sintió como se le humedecían los ojos, tratando de evitar lágrimas que le delataran.

Hoy se había puesto su mejor falda por él. Solo por él. Y no lo notaba.

Como todas las mañanas a esa misma hora, su cabeza se inundó de pensamientos hirientes. Si tal vez fuese un poco más bonita, o más inteligente, o simpática, entonces lograría llamar su atención. Se odió a si misma con una ferviente intensidad, imaginando una vida que no podía ser.

Imaginando un futuro que no llegaba ni a los tobillos de un anhelo.

El café que llevaba en las manos le calentaba las palmas, y su mirada estaba fija en el líquido negro. Se soltó el cabello recogido en un moño, regodeándose en los mares amplios de su timidez. Levantó los ojos verdes, encontrándose con aquella mirada azul y penetrante.

Fue un segundo, que le supo a gloria.

De entre sus labios carnosos se escapó un suspiro ligero, y luego, sus ojos volvieron fijos a aquél cristal que le robaba las miradas de su amor, guardándose el reflejo para conservarlo en los epitafios de un sueño. De seguro ningún otro pasajero miraba ese cristal como él, ni tenía sus ojos, o su cabello.

Ningún otro pasajero se asemejaba a lo que él transmitía.

Lo que provocaba en ella. No importaba cuán efímero había sido el momento en el que sus miradas se habían cruzado, una corriente eléctrica le había recorrido de pies a cabeza. Se sintió repentinamente pequeña ante su figura imponente y rebosante de confianza, como una pequeña hormiga tratando de cruzar la quinta avenida sin ser aplastada por un taxi.

Se comparó a si misma como un libro viejo, de páginas empolvadas y notablemente desgastadas. De esos que nadie prestaba atención en las librerías.

Él, en cambio, era el más reciente best seller, el más famoso…totalmente inalcanzable para el libro empolvado. Nada podía compararse de ellos.

¿Por qué no podía ser valiente? ¿Por qué no encontraba dentro de ella, las fuerzas para hablarle? Podría preguntarle la hora, y a raíz de eso, iniciar una conversación. O simplemente desearle buenos días.

Lo que sea, para llamar su atención.

El tren cada vez estaba más cerca del destino, y ella sentía como los minutos que le quedaban se hacían cortos, muy cortos. De nuevo llegarían a la estación, el se iría caminando por la derecha hasta la salida dos, que daba a una calle diferente a la que ella debía tomar. Entonces ella continuaría con su día, y ya entrada la noche, en su sofá, lo recordaría.

Por eso optaba por dormirse con somníferos baratos mientras veía alguna película alquilada, de actores malos y un guión asqueroso. Solo para sacarlo de su mente.

-Hola – dijo, de repente. No tenía idea de donde había salido, solo estaba consciente de que lo había saludado, haciendo que posara su vista en ella. – Yo…bueno, lo siento. No importa, olvídalo.

-Hola – contestó él, con una media sonrisa dibujándose en los labios que tanto había imaginado besar.

-Lo siento – murmuró ella, apenadísima. No sabía donde meterse, ni mucho menos que hacer. Las mejillas se le habían colorado de un intenso rojo, y sus ojos vagaban de un lado a otro para terminar fijos en sus zapatos color azul. Jugó nerviosa con su cabello, sin saber que sentir. Había cruzado una palabra con él, eso le parecía el cielo en todo su esplendor.

-¿Por qué te disculpas? – le preguntó el chico, alzando la ceja. Rió por lo bajo y se inclinó hacia su asiento, quedando un poco más cerca.

-Actúo como idiota, sigue mirando tu cristal por favor y hagamos como que esto nunca sucedió – no sabía si reírse, mantenerse seria o largarse a llorar en medio del vagón. Había imaginado cientos de veces ese momento, aunque claro, en sus ensoñaciones todo resultaba perfecto y mágico. Pero sentía como la realidad le daba una patada en el estómago, recordándole que lo perfecto y lo mágico debía dejárselo a los libros que solía leer.

-Cuándo estás nerviosa, juegas con tu cabello, y siempre vas observando tu café. Me pregunto todas las mañanas que tendrá de interesante, espero descubrirlo algún día. Juntas tus pies y te sientas muy quieta, siempre pensativa, siempre distante. Te miro y no me atrevo a nada, así que fijo mis ojos en el cristal y pienso que es tu rostro. Cuándo te vas por la salida uno y yo por la dos, me quedo pensando que es lo que harás, y como sería si tú y yo tomáramos la misma salida. Imagino estupideces los veinte minutos de viaje, como tú y yo paseando por la playa, o compartiendo un beso. Cuándo me bajo del vagón, siento que te extraño, y a la vez me siento estúpido por que me pregunto en que clase de psicópata me he convertido gracias a ti. Todas las mañanas me ofrecen el tren directo, y yo prefiero este, para verte. Me he imaginado todas las clases de vidas junto a ti, pero nunca te hablo, tú nunca me hablas, bajamos del tren y ahí quedan las cosas. Hoy me dijiste hola, y yo acabo de soltarte este discurso…y ahora me siento como un imbécil. Bueno, vuelve a tu café, hagamos como que esto no sucedió.

Ella estaba tan impresionada que apenas podía pensar, mucho menos articular palabra. Se sintió tan feliz de un momento a otro, que creía que estaba a punto de explotar.


-Tú…me notas – murmuró, suspirando, tan aliviada que no sabía que hacer. En los bordes de sus labios luchaba por asomarse una sonrisa.

-¿Crees que estoy loco?

-Creo que eres lo más hermoso que se ha cruzado en mi camino, y has descrito mi vida entera en eso que acabas de decirme. Miro mi café, desando adivinar que piensas tú. Si sabes que existo.

-Me has hecho quererte solo observándote, no imagino como voy a amarte después de conocerte. Siento que el corazón me come el resto del cuerpo, y se adueña de mí.

Ella se acercó a él, y justo cuándo pasaban por un túnel, haciendo que todo oscureciera de repente, buscó su rostro con las manos. Lo encontró, uniendo sus labios en el beso más dulce. Él le acarició la mejilla, sintiéndose completamente feliz.

Con devoción, ambos se entregaron el último soplo de sus corazones. Entonces, todo se volvió negro, y no sintieron nada más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario